Un tour a la última frontera de la Guerra Fría

El sábado dimos un paseo que voy a recordar toda la vida: estuvimos en la zona desmilitarizada que divide las dos Coreas.

El tour fue muy estricto en cuanto a horarios y vestimenta: no se podía llevar ropa de verano (igual ni se nos hubiera ocurrido), pantalones jaspeados o con agujeros ni ropa militar.

Salimos temprano del centro de Seúl y tras un poco más de una hora de viaje llegamos al primer destino de la DMZ (zona desmilitarizada): el tercer túnel.

Se trata de un túnel hecho por Corea del Norte en los 70 que fue descubierto por Corea del Sur. Queda casi 80 metros bajo tierra, o mejor dicho roca. Es el tercero de 4 que se encontraron, todos con dirección a Seúl para un ataque sorpresa. Se suponía que iba a albergar tanques, pero para cuando lo encontraron sólo tenía el tamaño para dejar pasar personas.

Corea del Sur tardó 3 meses en poder llegar hasta el origen y descubrió agujeros ubicados para explotar dinamita y agrandar el túnel. Además cuando llegaron encontraron las paredes pintadas de negro, ya que los norcoreanos alegaron que era una mina de carbón (aunque en esa zona no hay carbón).

Fuimos en un mini tranvía instalado por Corea del Sur. La experiencia es bastante claustrofóbica, así que ponen una música coreana para calmar los ánimos. Todo en sí es bastante raro, pero no por eso menos atractivo.

Intentar entender este conflicto es desafiante. Corea fue una monarquía hasta la invasión japonesa en 1910. Tras la rendición de Japón en 1945 las potencias aliadas dividieron la península en el paralelo 38, la actual frontera.

En 1950 Corea del Norte (apoyada por la URSS) lanzó un ataque sorpresa y en 3 días había llegado al sur de la península. Una coalición de países liderada por EEUU intervino y lograron que el ejército del norte retroceda.

La guerra técnicamente no terminó, pero se firmó un armisticio en 1953 que es el que hoy sigue vigente.

La DMZ no siempre fue el territorio controlado que es hoy. Según nos explicaron, la zona central era un lugar donde ambas Coreas convivían. Todo cambio tras el “incidente del corte del árbol”.

Como Corea del Norte había puesto tres puestos de vigilancia debajo del paralelo 38 alrededor de un puesto surcoreano, decidieron vigilar mejor la zona. Para tener mejor vista debían cortar un árbol. Cuando dos soldados estadounidenses estaban podándolo un grupo de soldados norcoreanos entró y los mató en un ataque con hachas que duró pocos minutos.

Desde el “incidente del árbol” la DMZ tiene delimitadas las zonas correspondientes a cada país.

De un lado existe la “Freedom Village”, un paraje de pobladores que ya estaban en la zona del lado del sur. Del lado de enfrente, siempre según los del sur, pusieron otro pueblo al que llaman “Propaganda Village” ya que tenía todo el tiempo parlantes que repetían proclamas comunistas.

Según los soldados estadounidenses con los que hablamos, los edificios de la “Propaganda Village” están deshabitados y no tienen ni pisos, porque de noche se ve como la fuente iluminación va en degradé dependiendo la altura.

Hecha la división de la DMZ, Corea del Sur construyó un edificio y Corea del Norte le construyó uno en frente. Llegados a este punto la ONU decidió hacer un grupo de “casitas” hechas para las negociaciones entre ambos que atraviesan la frontera y quedan justo entre los dos edificios.

A esta zona se la conoce como JSA: Joint Security Area. Se puede entrar a las casitas, pero no se puede hacer ningún tipo de gestos porque todo está siendo monitoreado de cerca por Corea del Norte y puede ser usado como propaganda.

Otras de las cosas que vimos fue la estación que unía las dos Coreas, destruida durante la guerra y una nueva estación hecha durante un período relativamente pacífico en el que empresas surcoreanas se instalaron en Kaesong (CdN) para aprovechar la mano de obra norcoreana, 10 veces más barata. Hoy toda la zona se encuentra abandonada pero la estación funciona con un recorrido corto y con la esperanza de unir Seúl y Pyongyang alguna vez.

Con los Juegos Olímpicos de invierno se reabre la esperanza del diálogo. Ojalá alguna vez haga el recorrido completo.

Impresiones de este día: que para ser “desmilitarizada”, la DMZ está demasiado llena de soldados, armas y tanques. Que estos cuarteles son un pedazo de historia que no se terminó de escribir, que la desconfianza es mutua y que la Guerra Fría acá no se terminó.

Advertisements

Himeji: el castillo guerrero

Queda en la punta de una colina para evitar ataques, las paredes tan gruesas que pueden esconder a un pequeño grupo de soldados y para entrar hay que recorrer un laberinto de puertas y murallas. Hasta el último detalle de este castillo está pensado para la guerra, debe ser por eso que es un eterno sobreviviente.

El Castillo Himeji fue creado en 1346 por el Clan Akamatsu y reformado por distintos shogunes (gobernadores) a lo largo de la historia. En la era Meiji fue la sede del Ejército Imperial Japonés. Sobrevivió a las batallas del Japón feudal y a la Segunda Guerra Mundial.

Su cubierta blanca se impone en la ciudad y se empieza a ver al llegar a la estación de Himeji. Desde lejos se ven las paredes cubiertas de yeso que le ganaron el nombre “Castillo de la garza blanca”.

De cerca es todavía más impresionante: hectáreas de jardín y varios metros de altura hacen que sea imposible no ver al enemigo desde lejos.

Si el pobre lograra cruzar el jardín sin ser atacado, se encontraría con un laberinto de puertas y murallas. Finalmente, si lograra entrar al castillo tendría que enfrentarse a las empinadísimas escaleras de los 7 pisos y a soldados que se esconden en las paredes.

Sí, Himeji estaba preparado para las guerras de los shogunes. ¿Pero cómo logró zafar de las guerras aéreas? Durante la Guerra del Pacifico cayeron 2 bombas que milagrosamente no explotaron.

Así logró sobrevivir y hoy es el castillo más visitado de Japón. Llegamos en tren, de Osaka son unos 40 minutos más o menos. Pagamos la entrada de ¥1040 (incluye un paseo por los jardines que quedan a 500 mts).

Por todo lo que dije antes, el Castillo Himeji nos impresionó y nos encantó. Además la vista desde la torre es hermosa. Para cerrar el día en Himeji comimos un Udón cerca de la estación y volvimos a Osaka con la panza llena y el corazón contento.

Kioto: tradición, cultura y colectivos

Kioto nos sorprendió al nivel que tuvimos que ir dos veces para recorrerla mejor.

Llegamos a la estación en un tren rápido desde Osaka y tuvimos que preguntar en informes qué llegábamos a hacer en un día.

Nos recomendaron ir primero a Fushimi Inari Taisha, el templo de los mil tori o puertas rojas sagradas una al lado de la otra.

En el medio del camino se largó a nevar (!) así que nos abrigamos mucho y recorrimos una buena parte de las puertitas.

Lejos de ser como lo muestran en las fotos, encontramos cientos de turistas amontonados nivel subte así que no disfrutamos mucho esa parte.

Lo que estuvo buenísimo fue que en la calle de vuelta había una feria de comida y pudimos comer pollo frito y una carne asada con salsa que nos pareció increíble.

Volvimos a la estación de Kioto y tomamos el tren rumbo al bosque de bambú pero decidimos bajarnos antes porque hacía mucho frío y teníamos hambre.

Comimos un udon calentito en el medio de la nada y tomamos un colectivo al Pabellón Dorado Kinsetsu-ji. En Informes habíamos sacado el pase de un día de colectivo y nos dieron un mapa con las líneas así que no fue para nada difícil moverse.

El Pabellón era un jardín Meiji que se convirtió en un templo budista. El piso superior es una gran habitación cubierta de oro. Es muy bonito. Los jardines son increíbles. Otra vez los turistas y sus paraguas hicieron un poco difícil la tarde.

Tomamos el colectivo al revés y tuvimos que esperar unos 15 minutos bajo la nieve a que llegara el 12 de vuelta.

Nos dirigimos a Gion, el distrito más tradicional de Kioto. Hay geishas en la calle y muchas casas de té. Muchas de las mujeres que circulaban con vestimentas tradicionales japonesas eran en realidad turistas chinas disfrazadas.

Los trajes más baratos se alquilan por 3000¥ (aprox 30 USD) y la caracterización es completa salvo por un detalle: no llevan la cara de blanco como las verdaderas geishas.

En la calle Hanamokoji es donde supuestamente hay más geishas pero sólo vimos una. Supongo que tampoco circulan tanto por ahí por el acoso turístico.

En la segunda visita a Kioto ya no nevaba, así que pudimos ver con tranquilidad el bosque de bambú y volver a recorrer Gion.

El bosque queda en Arashiyama, bastante lejos del centro. El barrio es tranquilo y genuinamente japonés. El bosque tiene varios templos y una imponente cantidad de bambúes que tardan décadas en alcanzar altura.

Volvimos a la estación central y fuimos caminando a Gion.

A medio camino entramos a comer a un local de Yakiniku, carne asada en la misma mesa. Este plato suele ser caro pero conviene probarlo aunque sea una vez. La atención fue de primera, pedimos varias porciones para saciar nuestra hambre de carne y en total nos salió 40 USD, que en definitiva es lo mismo que cualquier parrilla porteña.

En Gion había una muestra de Yayoi Kuzama, la artista japonesa que pinta minuciosamente con puntitos para encontrarle sentido al mundo a pesar de sus problemas psiquiátricos.

El museo era en sí una obra de arte: las salas estaban cubiertas de tatamis y por eso había que sacarse los zapatos para entrar. Además tenía un jardín hermoso y un pabellón para meditar.

Obviamente no faltaba el souvenir y coffee shop pero como estábamos cortos de efectivo y no aceptaban tarjeta el café lo hicimos afuera.

Ndr: en Japón ningún cajero nos tomó las tarjetas que usamos habitualmente y muchos lugares fuera de Tokio no aceptan tarjeta por eso tuvimos que cambiar dólares. Por suerte hay máquinas en todas partes.

Después de este segundo día volvimos contentos y cansados a Osaka, a la espera de otro día de Patoaventuras.

Hiroshima

Desde Osaka a Hiroshima hay una hora y cuarto en tren bala. Tiempo suficiente para ir pensando en el destino que estábamos a punto de visitar ese día.

Sin embargo, pese a los preparativos, la anticipación y la ansiedad que uno pueda tener antes de llegar nunca se puede estar listo para ver cara a cara la destrucción y el dolor de una bomba nuclear. Aunque hayan pasado más de 70 años y la ciudad hoy sea una urbe moderna que pretende ser hogar del arte y el turismo, Hiroshima no puede – no debe – obviar que fue la primera ciudad en recibir un ataque nuclear.

El 6 de agosto de 1945 a las 8:15 una luz atravesó todos los hogares y edificios de Hiroshima en un radio de 3,5 km. Estados Unidos había tirado un arma hasta entonces experimental, después de varios años de desarrollo. Se trataba de la “A-bomb”, “little boy” la llamaron por su tamaño.

No era grande pero su poder de destrucción era inmenso. Las bombas de fisión producen una reacción en cadena que mata de tres formas: por el calor intenso que genera (hasta 7000° cerca del núcleo), por las toneladas de presión de la atmósfera y por la radiactividad, que puede seguir matando varias décadas después.

“Little boy” explotó a 600 metros del suelo de Hiroshima. Eligieron esa ciudad porque era un centro militar cuya geografía ampliaba el poder destructivo de la bomba.

Al menos 80 mil personas murieron en ese instante. La cifra total de muertos ronda los 140.000.

Tres días después tiraron una bomba aún más destructiva en Nagasaki y la rendición de Japón fue inmediata.

Hiroshima hoy está totalmente reconstruida. Es una ciudad enorme con galerías, museos y shoppings de primer nivel. El recuerdo más latente de su pasado triste se ve a través del Domo de la Bomba Atómica, uno de los pocos edificios que no era de madera y por eso quedó en pie.

El edificio quedaba a menos de 2 cuadras del epicentro. Era un centro de exposiciones comerciales. La bomba voló hasta el revoque de las paredes y arrasó con todos los que estaban adentro. El municipio se negaba a mantenerlo porque además podía emitir radiactividad, pero la comunidad intervino y decidieron mantenerlo.

Hoy sirve como un recordatorio de lo que no puede volver a pasar.

También vimos el museo y la estatua que recuerda a los niños víctimas de la bomba, que recuerda la vida de Sadako Sasaki, una nena que a los 2 años estuvo expuesta a la bomba y murió de leucemia 10 años más tarde.

Sus compañeros de colegio iniciaron una colecta a la que se sumaron colegios de todo Japón. El monumento está lleno de grullas de papel, como las que ella plegaba mientras esperaba la recuperación que nunca llegó.

Hiroshima fue una parada triste en este viaje, pero inevitable. Aprendimos mucho de este lugar. Nos llevamos la enseñanza de la resiliencia y la confirmación de que la guerra no sirve para nada.

Aprendí a tenerle miedo a un “bambi”

Nara es un pueblo de Japón súper conocido por tener 1500 ciervos libres en el parque de la ciudad.

Miles de personas lo visitan cada año para sacarse la selfie de rigor y comprar souvenirs de todo tipo con la cara de los ciervos.

Nosotros dos fuimos parte de esos miles.

Apenas bajamos del tren empezamos a caminar por una calle de negocios y restaurantes. A esta altura yo ya estaba muy ansiosa porque quería ver a “los bambis”.

Hicimos unas 15 cuadras y llegamos al famoso parque. Empezamos a ver ciervos, hermosos. Notamos que tenían los cuernos limados así que nos quedamos tranquilos.

En el parque hay puestos donde venden galletas para alimentar a los ciervos. Por algún motivo místico los ciervos no atacan el puesto, pero son plenamente conscientes de que ahí venden su comida, entonces se quedan todos cerca.

Cuando uno compra las galletas arranca el show.

No había terminado de pagar cuando sentí un pellizco en la nalga, era un ciervo hambriento, después otro en la pierna: ese me dolió! Viéndome rodeada por los bichos me empecé a asustar y largué las galletas como si fuera una molotov. Revoleé algunas medio cerca y otro montoncito se lo tiré a Fede para que lo resguarde.

La pierna me siguió doliendo un rato así que si bien había sido divertido, empecé a tenerles un poco de miedo. Hicimos otra ronda de galletas en un puesto que no estaba tan fichado por los ciervos y nos fuimos a comer un excelente udon.

Después me fijé y donde me había mordido el ciervo tenía un hematoma.

Quisimos subir al cerro del pueblo pero estaba cerrado el acceso así que terminamos el día comiendo unos dulces gelatinosos que suponemos que eran de arroz y volviendo en tren a Osaka.

La luna roja de Osaka

Llegué a Osaka esperando encontrar Japón “del interior” y me sorprendió una ciudad gigante, organizada y viva con 11 millones de personas que vienen y van a cualquier hora del día.

Llegamos el miércoles, día del Súper Eclipse o Luna Roja. Esa noche la luna se vio más grande de lo habitual y se tiñó de rojo por los rayos del sol que escapan la sobra de la tierra. Un espectáculo del cielo que vimos de a ratitos en el balcón (por el frío).

Osaka es – teóricamente – menos fría que Tokio, pero el viento nos mató y los escasos 4-5° que hacían se colaban en los huesos.

La ciudad tiene muchas calles peatonales techadas con restaurantes, pachinkos (arcades con maquinitas de apuestas, porque los casinos están prohibidos) y girl bars o bares de chicas que hacen compañía por algo así como ¥5000 (USD 48) los 50 minutos.

También hay multitud de juegos de video, como uno donde se puede ser conductor de tren, lo que nosotros consideramos el juego más aburrido de la historia pero tenía cola!

Osaka nos enamoró a primera vista por su enorme vida nocturna y su pulso, pero tanta movida nos terminó cansando un poco con el correr de los días. Hicimos base en esta ciudad para conocer otros lugares centrales de Japón, como Nara, Kyoto e Hiroshima.

Los días que no estuvimos viajando pudimos jugar al bowling en un centro de entretenimiento de 13 pisos y nos divertimos en la vuelta al mundo que quedaba cerca de casa.

Como estábamos en un Airbnb pudimos conocer un verdadero supermercado, el “Life”. Tenía dos pisos y todo tipo de comida para calentar en el microondas. Lo raro es que las cosas que se compraban en el primer piso se pagaban en ese piso y viceversa.

El domingo fuimos a la calle Dotonbori, un centro comercial al aire libre cerca del río. El frío nos obligó a refugiarnos en el Bic Camera y desembocamos en un sushi giratorio muy bueno.

Nuestra última tarde en Osaka aprovechamos nuestra casita tradicional japonesa de increíbles 45 m2 y nos quedamos refugiados rearmando las valijas.

Estamos en el aire: Tokio desde el cielo

El lunes después de visitar el famoso templo de Asakusa fuimos directo a una de nuestras actividades favoritas de las vacaciones: las torres.

Primero vimos la Tokio Skytree, una torre de televisión que tiene dos miradores: uno a 450 mts y otro a 350. Nosotros sólo subimos al de 350 porque el otro salía más caro y no nos pareció necesario.

Está ubicada en una zona de edificios bajos, así que desde la Skytree se puede ver casi todos los edificios importantes de Tokio, el río Sumida y el Monte Fuji.

Fuimos temprano y nos tomamos un café en las alturas.

Cualquiera diría que con esta experiencia ya habíamos tenido suficiente vista cenital, pero como venía contando es una “tradición” de esta nueva familia, así que al día siguiente fuimos a la Tokio Tower después de ir a Ginza de shopping y salir en TN (canal donde casualmente trabajamos 😂).

La Tokio Tower 🗼está “inspirada” en la Torre Eiffel, es bastante parecida salvo porque es roja. Es una antena de transmisión de TV que tiene más de 60 años.

El observatorio principal de la Torre queda a 150 mts, menos de la mitad que la Skytree. Hay otro observatorio pero estaba cerrado.

La mascota de la Tokio Tower es un muñeco rosado con cabeza de cono. ¿Cómo lo sabemos? Porque presenciamos dos shows artísticos del staff (sí, de los mismos que cortaban los boletos).

El espectáculo empezó con tres cantantes muy animados y las mascotas. Después fue cambiando el tono y fueron haciendo varios temas melódicos. Al final una chica medio en bolas y las mascotas hicieron un baile ponja-electrónico muy divertido.

La clave de la Tokio Tower no es su altura sino su ubicación: queda en una zona de rascacielos y vida nocturna, así que gracias a los shows y varios cafés logramos estirar desde la tarde hasta el anochecer para ver los edificios iluminados. Tokio de noche es maravillosa, la verdad valió la pena.